Oscar Luis López Rivera se convirtió en motivo de unión en su tierra, Puerto Rico, y en toda latinoamérica.

oscar_lopez_rivera.jpg_1718483346.jpg_1718483347Pudiera decirse que su causa (la de su liberación) unió a «tirios y a troyanos». El gobernador que casi acaba de dejar el cargo, Alejandro García Padilla, defensor de la estadidad, abogó por su excarcelación, y también el recién electo Ricardo Roselló, quien milita en el partido que aspira a la anexión a Estados Unidos. Ambos lo hicieron, sí, aunque estuvieran lidiando con la excarcelación de un independentista.

Así de grave era la afrenta que se estaba cometiendo contra la humanidad: merecía justicia un hombre que ya sumaba 35 años preso en cárceles de Estados Unidos por luchar contra la ocupación de su patria, y sin que se le probaran crímenes.

Por eso «la causa» de Oscar Luis López Rivera se convirtió en motivo de unión en su tierra, Puerto Rico, y fuera de ella.

No resulta sorpresivo entonces que en Chicago y Nueva York informen que en las próximas semanas le rendirán honores, y que en Puerto Rico se anuncie fiesta pactada en la localidad de Río Piedras, mañana miércoles. A las ocho en punto de la mañana, Oscar López Rivera habrá cumplido el último minuto de su sentencia, que ascendía a 70 años, y finalmente fue conmutada a fines de enero, unas horas antes de dejar el poder, por el expresidente estadounidense Barack Obama.

Al tomar esa decisión, Obama dejaba estipulado que el preso político más antiguo de la historia cumpliera aún cuatro meses de prisión domiciliaria, los que el puertorriqueño ha tenido la fortuna de pasar en casa de su hija Clarissa, a quien virtualmente solo había visto a través de cristales o rejas desde que ella era una niña…

Pero él ha estado entre cuatro paredes, con un dispositivo adherido al cuerpo que ha vigilado sus movimientos, y no ha podido caminar las calles, recibir el calor de la gente, sentir sobre la piel su sol ni visitar el San Sebastián donde nació, y de donde se fue a Chicago con sus padres en su primera juventud.

Allí, en esa ciudad estadounidense se formó como líder comunitario, luego de que la obligatoriedad de cumplir con el Servicio Militar de EE. UU. (impuesto a todos los puertorriqueños), lo llevara a la guerra en Vietnam. El conflicto lo devolvió con los ojos mejor abiertos. Había comprobado que aquella guerra no era suya y que no pintaba nada allí.

Después vendría su militancia en las entonces nacientes Fuerzas Armadas de Liberación Nacional, su paso al clandestinaje en 1976, la vigilancia del FBI y la persecución de ese cuerpo yanqui contra su familia, la redada donde caen detenidos varios de sus compañeros y de la que él logra escapar, hasta que el 29 de mayo de 1981 lo detienen, en una acción policial.

Se ha ufanado Oscar López de que no lo pudo hacer el FBI. Y sí, los ha vencido, porque nada lo pudo doblegar.

Ni siquiera la conmutación condicionada que le ofreció en agosto de 1999 el exmandatario Bill Clinton, a cambio de diez años más de prisión, y dejando en las cárceles a sus compañeros Carlos Alberto Torres y Haydee Beltrán. «Nunca, ni en Vietnam ni en la calle, dejé a nadie atrás», dijo entonces López Rivera. Y lo rechazó.

En el proceso judicial, que él señaló como viciado, lo habían acusado de sedición, y concluyó con su condena a 55 años, a los que se le sumaron después otros 15, por el delito de un alegado intento de fuga que nunca se demostró.

Su traslado, finalmente, a Puerto Rico, el pasado 9 de febrero, luego de la conmutación de Obama y todavía en calidad de reo, transcurrió con tal hermetismo que apenas le pudieron ver quienes se apostaron en los alrededores del aeropuerto. Y aunque dicen que se le han permitido algunas visitas en este lapso, fuera, suman cientos, tal vez miles, quienes ansían estrechar su mano; o aunque sea, mirar de frente esa sonrisa que él no perdió ni en los momentos en que los carceleros lo mantuvieron incomunicado.

Oscar tiene 74 años cumplidos cuando le es devuelta la posibilidad de andar su tierra y respirar los olores de su país, libre. Muchos estaremos junto a él cuando, a las tres de la tarde, en Río Piedras rompa la fiesta.