La historia de mujeres, desde sus orígenes se encontró signada por la culpa y los sucesos violentos. La religión nos identificó con el origen del pecado, la mitología con aquella curiosa Pandora, quien al abrir una caja que debía permanecer cerrada, soltó todos los males y las pestes a la humanidad; el tribunal eclesiástico no se quedó atrás quemándonos vivas en nombre de la Santa Inquisición, pero no solo debemos remitirnos al pasado, ya que en la actualidad somos las culpables de que nuestros políticos tomen decisiones desacertadas, por la presencia de un hermoso par de piernas en sus vidas. También está esa otra historia, aquella que muchas de nosotras desconocemos o conocemos a medias, y omitirla o peor aún olvidarla nos hace absolutamente culpables.

12443124_10154081820152094_1222776063_nComo mujeres deberíamos por ejemplo saber que Hipatía de Alejandría fue una de las mujeres más influyentes del siglo IV; quizá para muchas de nosotras es más conocida, aunque no con mucha profundidad, la reina del Nilo, Cleopatra, a quien el arte cinematográfico mostró como quien hacía perder la cabeza a los hombres de su época, omitiendo que su papel más importante fue el de manejar los destinos de Egipto, claro que el hecho de ser mujer la ubicó siempre, del lado de quien llevó a la perdición a sus hombre. Así podríamos nombrar a infinidad de mujeres como Isabel I de Castilla, Reina Católica, a Simone de Beauvoir quien afirmaba que “es lícito violar una cultura, pero a condición de hacerle un hijo” o Marie Curie quien fue la primera persona a la que se le concedieron dos Premios Nobel en dos diferentes campos: Física y Química, aunque tristemente si a muchas de nosotras nos preguntaran por un genio en la rama de la Física no dudaríamos en decir Albert Einstein.

Son destacables, somos destacables, un sinfín de mujeres como Santa Teresa de Jesús, Juana de Arco, Juana Azurduy, o la misma Sor Juana Inés de la Cruz cuando se animó a decir: “Hombres necios que acusáis a la mujer sin razón”, la Argentina más amada nuestra querida Evita Perón y la Madre Teresa de Calcuta, fueron ellas y muchas más quienes nos representaron y nos representan a lo largo de estos años. Sin embargo, cuando se acerca el 8 de marzo, fecha de conmemoración de aquel hecho sangriento para nuestro género, en lugar de hacer un recorrido histórico sobre los derechos adquiridos y los que tenemos la responsabilidad de conquistar; todo aquel ser pensante que organiza los eventos tiene un cuasi unánime discurso “El de la Violencia de Género”, como si las mujeres solo podríamos ser nombradas perpetuándonos en ese lugar de intimidación y no desde los otros numerosos roles que protagonizamos y conquistamos a diario. Obviamente no desconozco el avance de la violencia de género en nuestra sociedad y por ello trabajo a diario en la concientización, prevención y erradicación de la misma, comprometiéndome con esas banderas, pero considero que de alguna manera hemos naturalizado que el mes marzo más que el mes de la mujer es el mes donde somos nombradas desde la violencia, y sinceramente desde mi femineidad quiero que el Día Internacional de la Mujer represente a todas las mujeres, desde su singularidad y lo cotidiano, que no siempre está marcado por la violencia, sino que tiene toques de alegría, maternidad, trabajo, compañerismo, sindicalismo, política, economía, familia y por supuesto felicidad. En su famosa obra de teatro “Lisístrata”, el griego Aristófanes, plantea la huelga sexual de las mujeres, como modo de luchar contra la guerra, y en un fragmento de la obra, la protagonista dice: todas las mujeres toquen esta copa, y repitan después de mí: no tendré ninguna relación con mi esposo o mi amante. En el marco de la conmemoración propongo una huelga de discursos repetitivos e inocuos sobre la violencia y como símbolo de lucha en su contra, brindar por nuestras conquistas, productos reales del sacrificio y el despertar de una conciencia colectiva.