Un libro analiza los tránsitos de la memoria de varios países de América Latina que experimentaron la violencia institucional. No sólo la justicia es clave en la configuración de un futuro de respeto a los derechos humanos, sino que por sobre todo que la memoria del horror no se banalice ni apague.

DesaparecidosMediodía en una feria persa ubicada en los suburbios de Santiago. Alguien pregunta a un vendedor de libros por un texto sobre Salvador Allende. Se inicia una conversación entre el vendedor y el cliente sobre la Unidad Popular y el golpe de Estado. El vendedor de al lado, también cunetero, comenta que “era necesario el golpe porque ya nada funcionaba”. Los otros lo miran asombrado. El sigue insistiendo en que “estaba todo malo, nada funcionaba y había que hacer colas”. El vendedor de libros le cuenta que él era conscripto en aquella época y por ser de izquierda le dieron una pateadura, que la mercadería estaba escondida y que detrás de todo había un complot de los dueños del país y de Estados Unidos. Su interlocutor insiste en que estaba todo mal y era necesario el golpe. Todos los involucrados superan los 50 años y sin darse cuenta se enfrascaron en una batalla por el sentido de la memoria.

Por décadas fue un lugar común la referencia al gobierno de la Unidad Popular según el sentido promovido por la dictadura. Palabras como “el país estaba en un caos”, “a los que mataron fue porque en algo malo andaban”, “olvidemos el pasado” o “quien se esfuerza en la vida consigue las cosas” fueron el rosario de décadas para justificar la violencia institucional y la precarización de la vida producto de las reforma neoliberales que transformaron los derechos en mercancía.

El libro coescrito por Aldo Marchesi, Federico Lorenz, Peter Winn y Steve J. Stern No hay mañana sin ayer (LOM Ediciones) se centra justamente en los tránsitos de la memoria de varios países de América Latina que experimentaron la violencia institucional. El libro reúne los trabajos de memoria histórica del Cono Sur desde que surgiera como tópico en la década de 1980, pero se concentra en el siglo XXI. “La violencia política en los países del Cono Sur puede haberse acabado hace décadas, pero las batallas por la memoria colectiva continúan siendo relevantes en el siglo XXI”- comenta el historiador Peter Winn. Se trata de evaluar como los avances en memoria histórica “han contribuido a la construcción de una cultura política pro derechos humanos que puede asegurar un futuro democrático del ‘Nunca Más’ (11).

No-hay-mañana-sin-ayerLa publicación editada por LOM consta de cuatro capítulos divididos en un total de 357 páginas. En el primero, Winn y Lorenz analizan las memorias de la violencia política y la dictadura militar en Argentina (1976-1983). En el segundo, Winn y Aldo Marchesi se refieren al caso uruguayo (cuya dictadura cívico militar se extendió entre 1973 a 1985). A su vez, el tercero de ellos es el denominado “El tortuoso camino chileno a la memorialización”, donde se retrata el pasar de la nación durante el gobierno militar de Augusto Pinochet. Finalmente, en las conclusiones, el editor realiza un análisis comparativo de lo sucedido en el Cono Sur en sus batallas por mantener vigente la memoria histórica.

ELEMENTOS HISTÓRICOS PARA CONSTRUIR MEMORIA

El estudio de la memoria histórica colectiva se inicia en el siglo XX con la noción lieu de mémorie del historiador francés Pierre Nora. Con la frase designa a los lugares de memoria. Otra vertiente es la dada por el sociólogo Maurice Halbwachs, quien en el periodo de entreguerras desarrolla una idea de memoria como socialmente construida, delimitada e interpretada por grupos subnacionales, lo que supone la existencia de una multiplicidad de memorias colectivas en una sociedad (13). Para Halbwachs, la performance grupal de la memoria en las conmemoraciones es lo que da vida a esos recuerdos.

Mas va a ser el Holocausto un punto de inflexión en la historia y en la memoria. Dominick LaCapracomenta que fue una transgresión moral tan extrema que la historia y la memoria de sus eventos, antes y después de ellos, no pudo nunca más ser vista del mismo modo.

Así tenemos dos fuerzas en pugna: la memoria del trauma y superar el olvido deliberado y la visión simplista de “no volver al pasado”, uno de cuyos exponentes principales en Chile fue Joaquín Lavín, ventrílocuo del discurso de la derecha y el militarismo, en su candidatura presidencial.

Asumimos así que ocurre una batalla por la memoria, idea trabajada por la socióloga argentina Elizabeth Jelin, para quien las memorias y contramemorias están frecuentemente en conflicto, lo que crea el campo de la batalla por la memoria histórica; y que dichas memorias deben ser historizadas, es decir, señalando su significancia espacial y temporal e insertándolas en luchas sociales y políticas más amplias.

El investigador norteamericano Steve Stern aporta el como memorias individuales sueltas se transforman en memoras colectivas emblemáticas, las que brindan un marco de significación que reorganiza, filtra y reformula las memorias individuales (15). Frente a esa tarea está la “tentación del silencio”, que hace que la lucha se transforme en una batalla contra el olvido.

Un argumento central del libro es que “la memora histórica se forma por las relaciones dinámicas entre el Estado y los actores de la sociedad civil”, quienes son llamados por Winn como los aliados de la memoria

LA PUGNA POR EL RELATO

Tanto en Chile como en Argentina los relatos sobre los hechos anteriores a los golpes de Estado y la insurrección militar misma fueron inscritos por los gobiernos de facto como una historia en la que “los militares se habían visto forzados a tomar el poder para salvar a la patria” (22). En ambos países se acusaba la ausencia de un gobierno firme, el ‘flagelo’ de la subversión y corrupción de las autoridades anteriores. De esta forma las FF.AA. se presentaron como instrumento para lograr la solución de los problemas, símbolos de la unidad nacional y el bien común. Los golpes de Estado llegaban a salvar una situación de desorden.

No en vano la primera proclama de la junta en Chile, Gustavo Leigh decía que los militares fueron convocados a salvar al país del “caos marxista”. Mas los militares, en el caso de Chile no sólo bombardearon el palacio de gobierno con el presidente dentro, sino que dejaron una estela de violaciones a los derechos humanos y censuras con el cómplice silencio de los medios.

Si en la época hubo especial preocupación en inventar un relato justificador del golpe (Libro Blanco por ejemplo), en la época actual se ven avances y la consolidación de la memoria histórica. Un paso importante fue el establecimiento de verdades oficiales. Las comisiones de verdad de Chile y Argentina son los momentos en que el país se vio enfrentado de manera oficial a confrontar su pasado reciente.

Otro tema destacado por Winn es la búsqueda de justicia. Una justicia muy dispar que si bien en Argentina acabó con los principales responsables de la dictadura, Emilio Eduardo Massera y Jorge Rafael Videla, condenados; en Chile dejó mantuvo en la impunidad hasta el fin de sus días a Augusto Pinochet.

Un elemento importante para la memoria histórica es la conservación de archivos de derechos humanos. Los documentos que fueron reunidos en un primer momento por los familiares de las personas víctimas de las dictaduras terminaron siendo fuentes claves e de importante valor histórico y el acervo sobre el cual se cimentaron hoy los archivos. En Chile destaca el Museo de la Memoria y los Derechos Humanos y en Argentina el erigido en el edificio de la Esma, un centro de tortura y desapariciones, Archivo Nacional de la Memoria.

El historiador Peter Winn destaca también la construcción del campo crítico de los estudios sobre la memoria. En Chile y Uruguay los estudios de la memoria son un campo todavía en construcción.

La impunidad en los crímenes cometidos por las FF.AA. en Chile, sostenida por el pacto de silencio de los implicados como también por una falta de voluntad política de los gobiernos post dictadura, es la principal amenaza al Nunca Más. El no esclarecimiento de la responsabilidad de los protagonistas de los crímenes cometidos permite que a futuro los que mantienen el monopolio de las armas se sientan seguros de volver a violar los derechos humanos de sus compatriotas.