No hubo presunción de inocencia. No hubo un juicio previo ni intervino un juez neutral. No fue inocente hasta que se demostrara su culpabilidad mediante una sentencia condenatoria. David Moreyra fue asesinado a golpes por una horda de decenas de personas (¿cincuenta, cien?), en plena calle del barrio Azcuénaga, en Rosario, porque, dijeron, había intentado robarle la cartera a una señora. Lo muelen a golpes, otros son cómplices por arengar, otros por desviar la mirada. Le rompen la cabeza. El pibe muere en un hospital después de agonizar tres días. En internet, decenas, centenas de personas festejan el homicidio del joven, pobre, morocho, o como prefieren escupir, el “negro villero”. En su euforia abundan las amenazas contra “garantistas”“zurdos” y cualquier desubicado que les discuta su celebración del horror.

Por Silvana Melo 

ningun_pibe_nace_chorro320David salió ese día, en una tibia mañana del barrio Ludueña. No podía imaginarse que la vida le estaba deshilando el final. David salió -dice Joaquín, que lo conocía del barrio a él y a tantos davides todavía vivos y anónimos-, “a chorear porque quería cosas: droga, zapatillas piolas, qué se yo, cosas”. Necesitaba cosas propias porque el sistema taladra las cabezas y asegura que sólo se logra identidad a través del consumo. Que sólo se es a través de la propiedad. De zapatillas, de celular o de lo que fuere.

Por eso “salió a dar miedo”, define Joaquín. “Salió y robó porque seguro sus amigos del barrio también lo hacen, porque la escuela que dejó no pudo ayudarlo a entender otra manera de vivir, porque ninguna organización barrial llegó a dar con él, porque de pibe vendía pañuelitos y se rompió los huevos de que lo echen de los bares, no sé, algún motivo permite en este universo que una persona desde que es un guachín pueda pensar que robar está bien”. La chica tiene apenas tres años más que él. David, al paso rasante con la moto, le arrebató la cartera. Ella gritó a garganta partida. El bebé que llevaba en brazos lloró. Y el primer auto que pasaba se cruzó ante la moto. David cayó al pavimento.

Primero fueron dos, después cinco, a los pocos minutos veinte y se turnaban para pegarle, para patearle la cabeza, para tirarle trompadas en el estómago. Fueron cincuenta, ochenta, quién sabe. Gente de bien, buenos vecinos, solidarios entre sí. Gente preocupada por la inseguridad, llena de rejas, perros, alarmas, cámaras y muros con botellas rotas o alambres de seguridad o cercas eléctricas (“excelente sistema de seguridad perimetral que integra la detección y castigo con la estética”, sic de la publicidad empresarial). Gente muerta de miedo. Que en patotas o en hordas -se quitan la racionalidad y la moral cristiana y la dejan dobladita en sus cajas de seguridad- le corajean a cualquier delincuente de alta peligrosidad como David, en el suelo, sin armas, tomándose la cabeza con las manos para que no le rompieran el cráneo hasta que no pudo más y se le abrieron las manos y los dedos y la cabeza en varias partes y todos seguían quitándose el odio y el estrés como si David fuera un puching ball, un pedazo de cuero que va y viene para aquí y para allá, donde descargar el peso de esta vida dura, donde sentir que se alivia cuando se quiebra un hueso o la marioneta del piso se vuelve una bolsa de papas que se desacomoda porque ya no es alguien sino un muñeco de trapo con la cabeza partida.

Gente muerta de miedo. Que participa de la falsa discusión del nuevo Código Penal. Como si una ley o dos o mil, por sí mismas, fueran a evitar que les arrebataran los bienes o que los muertos que mató el sistema se les vinieran encima más vivos que nunca, desde los fondos del arrabal, a exigir aquello que les pertenece. Y que les vienen robando desde los pasillos de la historia los funcionarios, los banqueros, los empresarios, los punteros, la policía, la gendarmería, los ministros de economía, los evasores de impuestos, los supermercados que remarcan, los sicarios del agronegocio, los pastores de la soja, los dioses del oro, la caliza, el cianuro y el agua envenenada. Aunque ninguno de ellos, los excedentes de la tierra, tiene perros para echarles encima ni muros electrificados para que flameen como banderas piratas antes de morir ni culos de botella clavados en las paredes para que se corten las manos. Ni juntan cien para tirarlos al piso y molerlos a palos y pulverizarles los riñones y dejarles la cabeza partida en dos.

Como a David. Que tardó tres días en morirse en el Hospital donde lo llevaron cuando alguien pudo rescatar la hilacha enrojecida en que lo habían convertido. Como si mil años no hubieran pasado en el mundo. Como si la justicia se redujera a la determinación primitiva de la venganza. El reo sin defensa exhibido en la picota, en el mejor de los casos. O su cabeza partida, como la de David, en el peor. Ante la multitud que aplaudía la venganza social hecha espectáculo público. En la plaza central o en la calle donde los transeúntes ciudadanos buenos vecinos asesinan a un chico de 18 años y lo exhiben estragado en el pavimento. Como si los rudimentos del Estado se hubieran diluido en las alcantarillas de la tele, que festeja un desecho menos, que arenga y multiplica; de las cárceles que destruyen, humillan, reproducen la violencia, se vuelven cómplices, dejan fugar y el delito es un negocio compartido. Y el Estado entonces deja que el monopolio de la fuerza pública que el pacto social depositó en sus instituciones desagüe un poquito para que la buena vecindad se alivie de tanta carga y deje salir el monstruo desaforado de la mano propia.

Y a David lo mataron. Era un ladrón. Un pibe que choreaba. Que salió “a dar miedo”, como dijo Joaquín, del barrio Ludueña. Al que seguramente no le dejaron alternativa. Lo cesantearon de la buena vida. Y lo depositaron del otro lado de la pared. Que tiene botellas rotas y alambre de seguridad y cerca eléctrica.

A él lo mataron 50 u 80 o 100 asesinos. Que fueron todos pero no fue nadie. Todos pusieron una trompada o el pie en la cabeza o en los riñones. Vaya a saber qué pie lo mató. Qué golpe le hizo asomar el cerebro por la cabeza partida. Qué suela le pisoteó el entendimiento para que la vida se le escurriera entre los dedos de uñas comidas que ya no podían retenerla. Fueron todos y no fue nadie. La vieja leyenda de Fuenteovejuna. La venganza primitiva. El reo arrojado al pueblo para que proceda. Solo, desarmado, tan chico, ni siquiera bien comido, seguramente. Solo. Desesperadamente solo debajo del odio.

El fiscal de Homicidios Florentino Malaponte todavía no encuentra a nadie a quien imputar en el crimen del barrio Azcuénaga. Y la policía evitó que lincharan a otro en el Barrio Echesortu también de Rosario.

No fue justicia por mano propia. Ni ajena. Fue un crimen atroz. Su impunidad –inexorable- será casi casi una legitimación.

La condena a muerte a la que fue sometido no resultó sumarísima porque David sobrevivió tres días. Y su familia decidió donar sus órganos.

La vida es, a veces, una llamita sutil que resiste, terca, a la peor tempestad.

Ante el linchamiento de David Moreyra

Por Asamblea por Derechos Niñez y Juventud de Rosario

Que la muerte no se ponga de moda. Que el Estado asuma sus responsabilidades y que la población diga ¡Basta a tanta violencia!   Desde la Asamblea por los derechos de la niñez y la juventud, venimos a repudiar enérgicamente los hechos de violencia que vienen reiterándose en distintos barrios de la ciudad, y que recientemente tuvieron como resultado la muerte a golpes por parte de un grupo de más de 50 vecinos, de David Moreyra, un pibe de 18 años, laburante, de barrio; que se vió en el momento y lugar menos oportunos, convirtiéndose su cuerpo en el lugar de descarga, de la frustración y la ira de un grupo de autodenominados “ciudadanos de buena fe”, que golpearon a David hasta descerebrarlo.

Repudiamos además el apoyo masivo a través de las redes sociales, de muchos otros “ciudadanos de buena fe” que celebraron el hecho como si fuese una hazaña; hablando de hacer justicia por mano propia.

Desde este espacio, sabemos y denunciamos permanentemente que el poder judicial no es una herramienta impartidora de justicia como debiera ser; denunciamos que el poder judicial es una de las tantas herramientas a través de las cuales el estado en sus tres niveles debiera impartir políticas que abonen a la equidad social, a la integración; y muy por el contrario, y como sucede también respecto de otras instituciones públicas como la policía; estas instituciones corruptas, no hacen sino profundizar la desigualdad y la exclusión social.

Sin embargo, entendemos que cuando estos sectores de la población hablan de hacer justicia por mano propia, no hacen sino repetir las condiciones de desigualdad; entendiendo que hay vidas que valen más y vidas que valen menos. Con el agravante de generar procesos de enjuiciamiento y condena en un sólo acto; prejuzgando que un pibe por su aspecto es culpable del delito que fuere y condenándolo a morir en el mismo acto; siendo los mismos jueces sus verdugos. Eso no es hacer justicia; eso es retomar prácticas que desde hace casi treinta años se condenan como aberraciones en nuestro país; eso es desconocer el principio de inocencia, es desconocer que la pena de muerte fue abolida hace mucho tiempo en Argentina. Es desconocer que ese pibe al que se está asesinando es una persona con los mismos derechos que esos “ciudadanos de buena fe”. Eso no es justicia, es barbarie.

Y en este sentido dice Mónica Torres, abuela materna de David “… de lo más profundo de mi corazón lleno de dolor les pido, no se como, pero que esto que paso sirva para aún quien sea culpable no sea matado “nunca más” quisiera decirles a todas las abuelas que apoyen para que se pare la violencia, no somos animales, somos seres humanos, la justicia debe actuar, pero no tomaremos revancha por propias manos. Yo sé quien fue mi nieto , él no era ladrón, pero sí otro chico o joven es culpable no tomemos justicia por nuestras manos, murió un joven que apenas había cumplido 18 años, pero hay miles de chicos que crecieron maltratados, aún por sus padres. Difundan, yo soy la primera abuela que salgo al frente por cualquier culpable o inocente que en la tierra juzguen los jueces, arriba juzgará “Dios”.

Desde la Asamblea por los derechos de la niñez y la juventud, venimos denunciando la escalada de violencia que nos lleva a contar en lo que va del año más de 70 muertes violentas, en su mayoría pibes de las barriadas populares de la ciudad. Condenamos todo hecho de violencia, entendiendo la preocupación de vastos sectores de la población respecto de los hechos de robos que se registran; pero entendemos también que hay otras formas de violencia que se invisibilizan y que hacen a la creciente desigualdad social en la que los pibes se crían como pueden; en condiciones de vida indignas, tratando de sobrevivir a la falta de políticas inclusivas del Estado, tratando de sobrevivir en los territorios apropiados por los narcos, tratando de sobrevivir a pesar de la estigmatización que sufren a través del discurso discriminatorio de los medios masivos de comunicación, que fomentan permanentemente la división entre el “ellos” y “nosotros”, abonando así a la idea de bandos enfrentados, enemigos cuyo campo de batalla son las calles de nuestra ciudad; calles que día a día se van tiñiendo del rojo de la sangre que habitualmente es de los pibes.

Por otro lado entendemos que es imperioso que los funcionarios públicos y los referentes de los distintos espacios políticos y sociales, salgan a repudiar estos actos de violencia, salgan a condenar el asesinato de David, y se comprometan con sus familiares, amigos, y toda esa otra parte de la población que rechazamos el linchamiento de pibes como forma de impartir justicia, a que se investiguen los hechos, se encuentre a los culpables y se los condene por el homicidio cometido.

Tanto a aquellos que golpearon a David hasta de celebrarlo como a la señora que canceló la ambulancia, como a todos los “ciudadanos de buena fe” que siguen celebrando este hecho e instan a entenderlo como una práctica necesaria para hacer justicia.

La violencia no se combate con más violencia, pero tampoco con el silencio; entendemos que el linchamiento de David Moreyra genera un antes y un después respecto de cómo abordar el problema de la llamada “inseguridad”.

Por todo ésto exigimos:

¡Justicia para David Moreyra!

El Estado tiene la obligación de expedirse sobre el linchamiento de David, y comprometerse a investigar, juzgar y condenar a cada uno de los responsables de su asesinato.

¡La inseguridad no se combate con linchamientos! ¡Sino con equidad social! ¡Basta de matar a nuestros pibes!

E invitamos a todos aquellos que se sientan identificados con este pronunciamiento; a pronunciarse ellos mismos. Es necesario romper el silencio. Es necesario terminar con esta barbarie que entiende que el linchamiento de pibes es una forma de impartir justicia.

Abrazamos y acompañamos a los familiares y amigos de David en su pedido de justicia, como así también a los familiares y amigos de las víctimas de la violencia descarnada en la que nos toca vivir por estos días.

Asamblea por los Derechos de la Niñez y la Juventud