Jose-Vicente-Rangel1 El guión es el mismo. Inspirado en la tesis de que los golpes contra la democracia, contra las instituciones del Estado de derecho, se cocinan, a largo o corto plazo, según las circunstancias. Los golpes militares son una modalidad a la que se suman otras expresiones desestabilizadoras. Estas tienen características propias de acuerdo con el contexto en que se plantean. En la historia latinoamericana hay múltiples ejemplos de esos procesos. Pero en esta oportunidad solo me referiré a los casos de Chile (1973) y Venezuela (2002). Tan pronto fue electo Salvador Allende presidente, la derecha chilena y el gobierno norteamericano, encabezado por Richard Nixon, le dieron al hecho carácter de desafío. No había tomado posesión Allende cuando fue asesinado el comandante del Ejército, general René Schneider -oficial constitucionalista- en una acción en la que participaron grupos terroristas de ultraderecha con apoyo logístico de la CIA -se comprobó en posteriores investigaciones que aparecen en documentos desclasificados del Gobierno de EEUU-. El plan para socavar al gobierno de la Unidad Popular fue urdido en Washington, en reunión a la que asistieron Richard Nixon, el secretario de Estado, Henry Kissinger, y el poderoso empresario chileno, propietario del diario El Mercurio, Agustín Edward, quien solicitó apoyo para montar la campaña contra Allende, incluida ayuda económica que le fue acordada. Para la historia quedó la frase que en la reunión pronunció Kissinger de que “había que hacer chillar la economía chilena”. Fue esta la idea que luego se ejecutó a fondo. Que condujo al desabastecimiento del país, a la paralización de la producción, especulación, inflación, acaparamiento y al financiamiento de los paros de los transportistas. Finalmente se produjo el golpe en las condiciones y con los resultados que todo el mundo conoce. Es decir, que la escalada subversiva a base de novedosos aportes logró el cometido de quebrar la institucionalidad de la Fuerza Armada y provocar la ruptura del orden constitucional de Chile.

2 En Venezuela se repitió el formato. Su implementación comenzó desde el momento en que Hugo Chávez ganó las elecciones en 1998. Hubo un movimiento destinado a desconocer el resultado de los comicios que no tuvo eco en los mandos castrenses, pero que creó expectativas. El cumplimiento del programa por el nuevo presidente, las primeras medidas económicas y sociales, y una conducción atípica, distante de la práctica que sometía a los gobernantes al tutelaje de poderosos sectores económicos, comenzó a provocar reacciones con visos sediciosos. La conspiración se inició por el lado económico alineando al empresariado a una política cuya meta era derrocar al gobierno constitucional de Chávez. El cerco se estrechó y se adelantaron acciones para afectar la economía. Fue ese el caldo de cultivo de acciones -con la intención de pulsear con el gobierno- como el paro empresarial de finales de 2001. Al año siguiente se desató la ofensiva que generó un clima letal, de franca subversión. Con mensajes a la Fuerza Armada, movilizaciones de calle, guarimbas, terrorismo, hasta desembocar en el golpe del 11 de abril de 2002. Por cierto, la derrota de la aventura que encabezó Carmona no paralizó la conjura que estaba en marcha. Después vendría el paro-sabotaje de la industria petrolera y su estrepitoso fracaso, que tampoco disuadió a los conspiradores que siguieron activos.

3 El formato lo actualizaron, pero la textura subversiva es la misma. Combina estímulos a la crisis económica -generadora de descontento- con la creación de situaciones insoportables para provocar reacciones en la institución castrense. Hacer chillar la economía, como pasó en Chile, es prioridad. Vale decir: lo que hoy pasa en Venezuela. Tratar de que se produzca un estallido popular y que la violencia se apodere del país. Aun cuando el establecimiento conspirativo: partidos, derecha, injerencia gringa, grupos económicos, cuenta con recursos y está dispuesto a todo, sin embargo no tiene la fuerza de hace 10 años. No dispone de oficiales, calle, Iglesia ni empresarios en la proporción de antes -tan solo cuenta con medios-, pero es peligroso. Sus integrantes carecen de escrúpulos. Los mueve una ideología fascistoide y el odio. Por eso, la opción del “golpe dosificado” mediante sofisticados recursos sigue planteada, así los involucrados lo nieguen. La demuestran los sucesos de los últimos días. El puñal artero.

Autor: José Vicente Rangel